DÉJAME ENTRAR
Director: Tomas Alfredson, Reparto: Kare Hedebrant, Lina Leandersson. Año: 2008
Sinopsis:
Oskar, un joven tímido de 12 años, aterrorizado por unos matones, se hace amigo de Eli, una misteriosa vecina, cuya llegada coincide con una serie de misteriosas muertes. A pesar de que el joven piensa que ella es un vampiro, intenta que su amistad esté por encima de su miedo.
No se dejen engañar cuando les digan que “Déjame entrar” no es una película de terror, como dijo la gafapastosa de la Guillén Cuervo el otro día en “Días de cine” (Se echa de menos a Gasset) O como escriben algunos críticos intelectualoides, que catalogan la película como un drama psicológico y no sé que sandeces más.
También sé que a estas alturas no debería rasgarme las vestiduras, el cine de terror siempre ha sido infravalorado; cada vez que una producción de genero se convierte en un éxito de taquilla y crítica, pasa de ser de terror a psicothriller, psicodrama o cualquier otra estupidez que al ignorante de turno se le ocurra escribir.
“Déjame entrar” es cine de terror, del bueno, del muy bueno. Punto y aparte.
Los valores de amistad que transmite magistralmente el director, la radiografía de la fría y algo paranoica sociedad sueca o la bella pero sombría fotografía que envuelve al espectador son la muestra de que no estamos ante un espectaculo gore o una de vampiros saltarines y metrosexuales, pero sí ante una excelente muestra de cómo inquietar y desasosegar al público, de cómo conjugar lo sobrenatural y lo humano, santo y seña de lo que el buen cine de genero ha conseguido mostrarnos a lo largo de la historia del cine.
Es cierto que el terror vive una mala, una penosa época. Los abundantes subproductos, los infames remakes y la constante manía de las productoras por atraer a un público juvenil han convertido el genero en algo pueril.
Pero hay excepciones, y “Déjame entrar” es una de ellas. Una diana entre mil y una película que probablemente rechacen algunos aficionados acostumbrados a ver treinta muertes por hora o quince torturas por minuto. Es una cinta sueca, y sí, tiene un ritmo pausado, a veces contemplativo, pero nada gratuito. Marca el tiempo de la historia y es imprescindible para provocar una extraña atracción, casi hipnótica, que nos acompaña hasta el final.
La historia de una niña no muerta y un niño marginado da como resultado un cuento macabro, pero también hermoso, con resonancias vampiricas a “Los viajeros de la noche” pero totalmente original en su desarrollo, alejada de tópicos y lugares comunes.
Cada plano cuenta algo; cada frase, cada diálogo y cada secuencia supura cine por los cuatro costados.
Y sí, por supuesto que hay sangre, y asesinatos, y suspense y un desenlace tremendo.
Como decía antes, es cine de terror, pero cine de terror con mayúsculas.
No cuento más, no hace falta. Vayan a verla.
¿La mejor película del año? Por ahí anda.
Puntuación: 8